HomeNoticiasHistoriaLa retirada del Ejército leal a la República a Francia: último discurso de Negrín a las Cortes

La retirada del Ejército leal a la República a Francia: último discurso de Negrín a las Cortes

 
Foto: refugiados republicanos, Archivo Juan Negrín.
 
La retirada del ejército leal a la República a Francia, acompañando a la población civil, produjo un drama humanitario de proporciones dantescas. Es el primer episodio de aquel aciago año de 1939 para los defensores de la democracia española. Obligados a entregar las armas, al pasar la frontera, fueron hacinados en improvisados campos de concentración por las autoridades galas bajo la vigilancia de las tropas coloniales. Un total de 500.000 españoles, entre militares y civiles, fueron autorizados a entrar en Francia, tras fracasar las conversaciones contenidas en los tres puntos de paz propuestos por Negrín.
 
Hostigados por la aviación italiana y alemana, huyendo del  avance territorial de las tropas rebeldes, en pleno invierno, ancianos, mujeres y niños se arremolinaban en los pasos fronterizos en una caótica espera. Ante la necesidad de atender a heridos, mutilados de guerra y enfermos el gobierno republicano previsor creaba el servicio de socorro y evacuación de refugiados españoles, el SERE, para disponer de edificios donde albergar a menores huérfanos o acompañados por sus madres y cuidadores, amén de organizar la prestación de subsidios y abastecer de alimentos, ropa de abrigo y otros enseres a los concentrados en los campos. Bajo el paragua de la legación mexicana, las ayudas del socorro internacional y la utilización de los fondos propios del ministerio de Hacienda comprometidos para garantizar la autorización de entrada a Francia.
 
En los días posteriores se irán desplomando los frentes republicanos, ocupando los rebeldes toda Cataluña. La apertura de la frontera pirenaica, a raíz de la negativa a negociar los tres puntos propuestos para el cese de hostilidades por Negrín, quizás un reflejo del gesto de la lucha canaria de levantar la mano al vencido en el terrero, fue un acto humanitario que permitió la retirada a Francia, pero en circunstancias oprobiosas, de militares y civiles, ancianos, mujeres y niños, y será el inicio del trágico Exilio.
 Nunca más justificada la política de resistencia de Negrín, que le llevará a regresar a España e intentar mantener y organizar la evacuación de la zona central.
 
El 1 de febrero de 1939 pronuncia un discurso ante el Pleno de las Cortes, reunido en el Castillo de Fuigueres. Será la última sesión en suelo español. Este discurso (la negrita es nuestra) contiene los tres puntos de Negrín para negociar la paz.

 


 

Diario de sesiones del Congreso de Diputados, Miércoles, 1 de Febrero de 1939, págs. 3-9.
 
El Sr. presidente del Consejo de Ministros (Negrín):
 
Señores Diputados, se reúne hoy la Cámara en un severo ambiente de guerra. Después de unos días de angustia en que la catástrofe quería cernirse sobre nosotros, se ha serenado la atmósfera, se han tranquilizado los espíritus, se ha atenazado el pavor, se han reducido los límites de una batalla perdida que el alocamiento colectivo, estimulado y maniobrado certeramente por el enemigo, pudo haber convertido en desastre definitivo.
¡Cuántas  lecciones provechosas  podemos sacar de los sucesos  aún vivos y calientes! ¡Cuántos desengaños al contemplar cómo no siempre las máximas responsabilidades van aparejadas a la entereza, estoicismo y abnegación que toda alta función requiere en circunstancias tan graves  como las presentes! Mas no son lamentaciones jeremíacas las que pueden corregir el mal. Hemos de buscar su cura y su futura prevención en el frío examen de las condiciones en que los fenómenos se producen y en el análisis psicológico de estos estados demenciales, de individuos o de masas, que engendran los hechos al producirse.
 
Durante unos días —hay que decir la verdad— una oleada de pánico ha estado a punto de asfixiar nuestra retaguardia, contaminar nuestro Ejército y descomponer todo el aparato del gobierno. Seamos justos. Ni el orden ni la autoridad se han visto en peligro. Ha habido desorganización y descoyuntamiento, no desorden. Ha habido inconexión e interferencia entre los eslabones de la cadena jerárquica de la Administración del Estado, pero ni caos ni indisciplina.
 
Ha habido incomunicación entre el Gobierno y los ciudadanos, con todas sus consecuencias funestas y perturbadoras; mas no ha fallado la autoridad moral del Gobierno ni la autoridad efectiva del Estado allí donde existía el instrumento para hacer llegar sus mandatos, sin que para ello se necesitaran ni coacciones ni  violencias. Pánico, sí, con el consiguiente barullo y atolondramiento. Explotación y fomento del pánico por el enemigo, logrando con sus agentes una perturbación y un desorden organizado. También eso había. Pero no ha habido nada, a pesar de las provocaciones del enemigo, que se asemejase a revuelta, a amotinamiento o sublevación contra la autoridad del Gobierno. Al contrario, lo que se anhelaba era la protección, la tutela, la guía y dirección del Gobierno que, en círculo vicioso, había interceptado la misma psicosis colectiva.
 
¿Cuáles son los motivos objetivos del pánico? En primer término, la repulsa de nuestra población civil a caer bajo la dominación facciosa. Ello ha hecho que en el territorio leal se acumule una gran cantidad de gente, desproporcionada a sus recursos. El éxodo de la población civil —hombres, mujeres y niños— ante las fuerzas rebeldes e invasoras, es el mejor plebiscito que puede producirse a favor del Gobierno. Desafiando las inclemencias de la estación, los sufrimientos y privaciones, abandonando su patrimonio, condenándose a la expatriación y a la miseria, millares, millones de conciudadanos nuestros, de españoles, huyen del invasor y de las huestes a su servicio. ¿Se quiere una prueba más fehaciente de con quién está el sentimiento de nuestro pueblo? Además de esto, las represalias y persecuciones del norte, los fusilamientos de Santa Coloma de Queralt, como tantos y tantos malos tratos y horrores, han atemorizado en forma tal a nuestras gentes, que prefieren el riesgo de la muerte al de ser apresadas por el enemigo.
 
No menos influye la acción terrorista, cruel y despiadada de la aviación. Influye también el desconcierto producido por los sucesivos repliegues  a que se ha visto forzado nuestro Ejército ante la violenta acción ofensiva del enemigo.¿Nos ha cogido esto de sorpresa? No. ¿Qué medidas preventivas había tomado el Gobierno? Antes de comenzar la fase operativa del enemigo, el Gobierno, de acuerdo con las autoridades regionales —la generalidad- y locales, procedió a la evacuación voluntaria de la zona más directamente amenazada. Que esto no podía hacerse sin serias dificultades, lo comprenderán los Sres. Diputados, considerando que Cataluña estaba superpoblada a causa del aflujo de refugiados y evacuados de Cataluña misma y de otras regiones de España. El problema, con el tiempo, fue adquiriendo cada vez caracteres más espeluznantes y, ante tal situación, el Gobierno, invocando  razones de humanidad y ante el temor de complicaciones más graves, solicitó del Gobierno francés, poco después de la caída de Tarragona, que se admitieran en Francia de 100 a 150.000 emigrados —mujeres, niños y ancianos— y, de no ser posible en Francia, en Argelia o en Túnez, corriendo a cargo del Gobierno español su mantenimiento.
 
Atendiendo,  sin duda, a  la gran masa de  emigrados políticos  que Francia ha recogido en estos últimos años, estimó en un principio el Gobierno francés que no podía dar satisfacción a nuestra demanda. A lo sumo,  podría quizá recoger un número restringido de niños. Proponía  el Gobierno francés la creación de una zona fronteriza neutra, en que generosamente atendería a nuestros infortunados conciudadanos; mas los rebeldes no aceptaron tal propuesta, y ante su negativa, el Gobierno francés  accedió a dar entrada a un cierto número de mujeres y niños.  La aglomeración  de fugitivos hizo  que los minutos se  hicieran años, y los días transcurridos en conseguir mayores facilidades de tránsito, crearon un problema de obturación de los accesos a Francia, problema trágico que nunca degeneró en conflicto, por la cordura y sensatez del Gobierno. Importa subrayar esto, pues ha habido fuera quien ha interpretado los sucesos de los días pasados como un signo de falta de autoridad del poder estatal. Son éstos, posiblemente, los que creen que el orden público se crea y se mantiene con la fusta y el fusil. No es éste el criterio nuestro. El orden público se crea inspirándose, como nosotros lo hacemos,  en el sentir popular. Se mantiene por una acción suasoria y educadora, y sólo ante el ademán de rebeldía o el desmandamiento, puede y debe proceder el Estado con violencia desconsiderada, aplastando a quienes no se someten.
 
¿Es que íbamos nosotros a ametrallar a millares de niños y mujeres a quienes el miedo hacía huir, despavoridos, por caminos y montañas? ¿O es que no bastaba ver cómo preferían morir en la raya, de hambre y de frío, bajo la lluvia, antes que caer en manos enemigas?
 
Han  muerto  varios fugitivos.  ¿Y habíamos de asesinar  a nuestros desvalidos e infelices compatriotas, para dar a insensibles y a extraños una sedicente prueba de bárbara energía? De ninguna manera. Nuestra energía,  la energía del Gobierno es una energía racional, no de gestos fanfarrones y crueldades irremediables; la energía del gobernante que comienza por saber dar temple y contener sus energías, para evitar que el mañana no nos haga lamentar ligerezas impulsivas del hoy. Sépanlo quienes fuera de aquí no nos entienden o no tienen capacidad para entendernos. Y en tres días se ha resuelto un problema al parecer insoluble, sin efusión de sangre y sin más víctimas que aquéllas lamentabilísimas producidas por haber vivido unos días hacinados y a la intemperie.
 
Me place aquí ahora dar mis gracias más sentidas al Gobierno francés, por haber accedido, ante nuestras reiteradas instancias, a ampliar las  facilidades primeramente otorgadas, más allá de lo que entraba en sus previsiones y de lo que estimaba compatible con las conveniencias de su país.
 
España, que está segura de la buena acogida que han de tener sus asilados,  guardará un profundo reconocimiento, del que estoy seguro participarán incluso nuestros propios adversarios españoles, pues, al fin y al cabo, se trata de niños, mujeres y desvalidos hermanos nuestros.
 
Cierto que el taponamiento de estos últimos días no era sólo producido por niños y mujeres. Había muchos varones civiles y, por desgracia, muchos militares, soldados, clases oficiales y jefes. El Gobierno ha tomado muy severas medidas y las sanciones serán, lo han sido ya en parte, tanto más duras cuanto mayor sea la responsabilidad del cargo.
 
Y bien. ¿Cómo se explica este fenómeno? ¿Es que se ha desmoronado la moral de nuestro Ejército? No. El pánico cunde y se propaga como reguero de pólvora a la que se prende fuego y llega, a veces, a dominar al hombre más entero. Cincuenta días de un continuo batallar, sin relevo ni descanso, siempre ante fuerzas superiores y renovadas, con la oprimente sensación de inferioridad en recursos materiales, sensibilizan los nervios más acerados para la acción del pánico y, sobre todo, cuando el pánico está organizado. Porque no cabe duda que el enemigo, por medio de  agentes provocadores, ha  aprovechado  una situación  objetiva para, por medio de bulos e infundios, anonadar nuestra moral. Los bulos, las patrañas,  los infundios, han sido en  estos días nuestros peores enemigos dentro y fuera de España. No pudo el Gobierno contrarrestar debidamente sus efectos por carecer de instrumentos de relación con el público. Una radioemisión insuficiente, de escaso alcance, sin periódicos casi en los primeros momentos: eso era todo. Sólo la acción de los partidos y las organizaciones podían poner coto al daño. Y a ellos se acudió. Sin duda, a ellos se debe mayormente la mejoría de la situación.
 
Mas no hay que dormirse. Aún vela el enemigo y cada día lanzará su ponzoña, cuyos efectos hay que prevenir con una acción tenaz de esclarecimiento e ilustración del pueblo, con una propaganda intensiva, pero  propaganda de la verdad, que es la única que nosotros cultivamos. No faltarán, señores Diputados, sanciones para los que hayan incumplido su deber. Pero no olvidemos tampoco que habrá pocos ejemplos de un Ejército que, sin relevo ni descanso, haya resistido durante tanto tiempo una ofensiva continuada, en un desnivel de medios y fuerzas que empavorece el pensarlo. Quienes así se han portado no son unos cobardes: la prueba de ello es que, serenados y animados, vuelven al combate con brío  y entusiasmo. Y si algún extraño ha querido menospreciar a esos huidos, hagámosle saber que muchos de esos huidos, en su mayor parte, son combatientes que han luchado sin armas, que a veces han estado esperando que muera el compañero de al lado para recoger y usar el fusil. Y el no dotarles de armas no ha sido culpa de ellos ni del Gobierno español. A hombres así habrá que reprenderlos y castigarlos, duramente cuando sea preciso; pero no se les puede tratar como huidos y cobardes.
En fin, señores Diputados; la acción de todos, la atención prestada a la voz del Gobierno, han permitido sobrevivir a este amargo trance, que, de no haber sido superado hubiera acarreado grandes males. Ha sido el más grave peligro en que nos hemos visto envueltos; pero peores que los sucesos del frente han sido estos episodios de la retaguardia.
El frente. ¿Cuál es la situación militar? Examinémosla en sus antecedentes.
 
Reorganizadas las fuerzas que se encontraban en los frentes de Cataluña, después del desastre de los meses de marzo y abril del año pasado,  el Gobierno emprendió una serie de operaciones que intentaban aliviar la situación del Ejército de Maniobra y luego las del Ejército de Levante.  Fueron las primeras operaciones las de Balaguer y de la zona de Tremp. Fueron posteriormente las operaciones del Ebro. Ambas, en su resultado, con éxito, porque se habían logrado los fines propuestos. La última, incluso con un éxito brillante, porque se realizó una operación militar que seguramente dejará su nombre permanente en la historia guerrera de España. La operación del Ebro hubo que hacerla, era imprescindible hacerla, para salvar la situación de Levante. El Ejército de Levante, desgastado por sus continuas intervenciones, después de las operaciones  realizadas en el Maestrazgo,  estaba  seriamente  amenazado. Sagunto primero, Valencia, quizás Alicante después, estaban en peligro. Había que efectuar una operación militar que forzara al enemigo a desplazar grandes contingentes de la zona donde atacaba. Ello se alcanzó con la operación del Ebro y, al mismo tiempo, se logró hacer ver al mundo —que creía que nuestro Ejército se había deshecho, como quizás inocentemente lo cree también ahora— que teníamos un Ejército serio, superado, refinado y acerado precisamente por las contrariedades y los contratiempos.
 
Mas operaciones de esta envergadura dejan una huella, señores Diputados; y nosotros sufrimos grave quebranto en la indispensable e imprescindible operación del Ebro. ¿En hombres? Sí, pero fácilmente reponibles. Nuestras pérdidas no fueron tan grandes y aún había gente movilizable y deseosa de combatir. Pero en material también. Y éste ha sido siempre nuestro terrible y tremendo problema.
 
Nosotros, el Gobierno legítimo de España, hemos tenido siempre que adquirir y comprar el material clandestinamente y de contrabando. Y los policías que controlaban y que impedían este contrabando no eran sólo nuestros enemigos declarados o encubiertos, sino que eran también nuestros amigos, que ayudaban a bloquear nuestros puertos, conforme al acuerdo de Nyon, impidiendo que barcos extranjeros arribaran a ellos con las armas que nos eran imprescindibles.
 
Por razones que todos comprenderéis no puede hoy el Gobierno exponer cuáles han sido las dificultades, insuperables a veces, con que hemos  tenido que tropezar para vencer este obstáculo, porque, a medida que, con grandes esfuerzos, nosotros lográbamos completar parcialmente nuestro armamento, el enemigo, que tenía detrás la potente industria italiana y alemana a su disposición, recibía en exceso todo cuanto necesitaba,  más de lo que necesitaba. Nosotros,  a duras penas,  comprando aquí y allí —de contrabando, a veces, en Alemania e Italia hemos comprado armamento, ¿por qué no voy a decirlo?—, trayéndolo como podíamos, dificultades de todo género e incluso para el tránsito por los distintos países. Ésa ha sido nuestra terrible y tremenda odisea.
 
La guerra del enemigo es una guerra militar y diplomática —todas las guerras lo son. El enemigo necesitaba a fecha fija una serie de éxitos. El Gobierno español había demostrado y probado al mundo entero —toda persona honrada tenía que reconocerlo— que, en contra de esa propaganda tan bien montada, que hacía creer que nosotros éramos aquí una panda de facinerosos, el Gobierno era el legal y constitucionalmente legítimo, era un Gobierno de autoridad que había sabido dominar perturbaciones y extravíos que en todos los países se han observado, aun en cantidad muy superior a la nuestra, en condiciones parecidas, y los había sabido dominar con autoridad y sin extremar la violencia. Había probado al mundo que procedía, lo mismo en el interior que en el exterior, con la más absoluta y completa lealtad, que sus compromisos eran observados y que toda esa fábula que se había tejido en contra nuestra, el tiempo y la realidad se estaban encargando de deshacerla.
 
¡Ah!, ése era uno de los mayores instrumentos con que nuestros enemigos contaban para ahogarnos, para asfixiarnos, y ese instrumento se les iba de las manos.
 
Meses  y meses,  un año y otro,  hemos estado nosotros  mostrando al mundo, señalando  al mundo, que éramos objeto de  una agresión. Al principio no se nos hacía caso, y hasta es muy posible que algunos ingenuos  no nos creyeran. Después, ya no se podía prescindir de hacernos caso, pero se quería ganar tiempo, a ver si, mientras, se terminaba la guerra y se liquidaba este enojoso problema de España que amenazaba, según se decía, a la paz de Europa. Pero España persistía en su actitud, persistía porque sabía que se jugaba la vida y que era posible que la presión de la opinión pública, que la convicción que ya iba arraigando aún en los políticos menos sagaces de que el problema de España no era solamente un problema español, que todo eso cambiará la constelación política internacional, y que favoreciendo a España, no aliándose a España, no luchando con España, sino dando a España las facilidades a que España tiene derecho, las tornas se cambiarán y, lo que hasta entonces era una situación indecisa, pudiera convertirse en una situación definitivamente favorable a nuestra causa. Por eso era preciso producir un hecho, una situación de hecho, para una fecha determinada: para febrero. Y se acumuló material, y después de una farsa de retirada de extranjeros se acumularon nuevas Divisiones extranjeras y se hizo lo indecible para, cayendo aquí sobre un frente algo debilitado posiblemente en sus fuerzas y muy desgastado en su material, cortado y no posibilitado de un apoyo directo de la zona Centro Sur, en donde tenemos nosotros mayores disponibilidades de medios; para en este frente, por residir en él el Gobierno, por ser región en la cual se conectaba España con el Extranjero, ver si se nos estrangulaba de una vez y se liquidaba el problema español o, por lo menos, dar la sensación de que este problema estaba liquidado, y poder, si no llegar a una situación favorable para estos países enemigos o adversarios nuestros, por lo menos dar nuevamente largas al asunto, que es lo que se logró, que era lo que se buscaba.
 
Sabía muy bien el  Gobierno el peligro que le amenazaba. Antes de empezar  la ofensiva, yo llamé a los representantes de todos  los partidos y organizaciones, les previne y les dije: éste es el envite más fuerte que va a recibir nuestro Ejército; éstos van a ser los momentos más duros de la lucha, ¿podremos resistirlos? Técnicamente, es probable, seguro, si la moral de la retaguardia nos acompaña y ningún infortunio grave local hace que el frente se desplome. Tendremos que ceder seguramente terreno; quizá cedamos mucho terreno pero a nosotros, lo que nos interesa, es conservar la integridad de la organización del Ejército. Y preferimos sacrificar pueblos y kilómetros cuadrados de tierra, a poner en riesgo el Ejército mismo, porque ha de ser ese Ejército el que, provisto de más medios, en el momento en que podamos tenerlos, ha de salvar la situación. Grandes fueron los esfuerzos hechos por nosotros para dotar al Ejército de esos medios, y no han sido completamente estériles, aunque sí un poco tardíos quizás. Hemos podido burlar el bloqueo de la escuadra facciosa, de sus colaboradores italo-germanos y de los complacientes guardianes del acuerdo de Nyon, y de este modo hemos podido traer material, aunque muy a última hora, pero hemos podido traer material, un material que nos permitirá, si conservamos los nervios tensos, si la retaguardia resiste y trabaja con igual entusiasmo y sacrificio que los frentes, fijar una línea que el enemigo no rebase. Y la conservación de esa línea, y el mantenimiento de nuestro Ejército, será en su conjunto el fracaso de los propósitos del enemigo, el fracaso de su ofensiva y quizá el fracaso de todos sus planes.
 
Cayó Tarragona o amenazaba caer Tarragona muy a tiempo para los acuerdos de Roma. Cayó Barcelona, muy a propósito para fijar las posiciones de algunos gobiernos amigos. Todo eso se buscaba con la ofensiva. Pero nuestras líneas, que ceden ante el empuje enemigo, se mantienen; y yo he visto ayer mismo en el frente, combatientes que luchan con tesón y con denuedo. Hay gentes recuperadas, que han huido y que luego han vuelto dispuestos a hacerse matar por haber adquirido nuevos bríos, nuevo coraje, después de unos días en que han podido recapacitar y ver lo que les esperaba por un momento de debilidad.
 
Hay que fijar al enemigo en Cataluña, antes de perder el último trozo de terreno catalán, porque fijar al enemigo en Cataluña significaría la liquidación de la guerra a nuestro favor; y si tal no sucediera, representaría la prolongación indefinida de la guerra, con todos sus riesgos y todas sus consecuencias.
 
Yo he dirigido desde esta Cámara mis saludos a los combatientes en momentos más felices que éstos. Yo los reitero ahora y puedo asegurar a los Sres. Diputados que no lo merecen en estos instantes menos que entonces. Y hablando de la guerra yo no quiero dejar de mencionar un episodio glorioso. Me refiero al intento de ruptura del bloqueo enemigo por el contratorpedero español «José Luís Díez». Todos saben cómo ante fuerzas superiores y, después de haber sufrido algunos destrozos que le impedían la continuación de la marcha, se vio obligado a arribar a Gibraltar; todos conocen también por la prensa, cómo pudimos en Gibraltar,  con medios propios, proceder a una reparación sumaria del «José Luís Díez». Salió este barco de guerra español porque se apuraba ya el plazo que se había fijado por el Gobierno británico para permanecer en Gibraltar sin ser internado; y al salir, a trescientos metros de la costa, en aguas territoriales británicas, fue agredido  por fuerzas superiores. Los desperfectos ocasionados impidieron que continuara su marcha; los daños hechos al enemigo, lo mismo materiales que personales, fueron muy superiores a los que el «José Luís Díez» sufrió. El Comandante del barco y su tripulación vararon el barco; las autoridades militares británicas obligaron a la tripulación a abandonarlo y la colocaron en situación de  arresto. El Gobierno español ha dirigido, por esto, su más enérgica protesta al Gobierno británico. La tripulación estuvo durante varios días encerrada en un Cuartel de Gibraltar. Después, fue preguntada, primero colectivamente y luego individualmente cada uno de sus tripulantes sobre si optaban por ir a la zona facciosa o a la zona leal. Todos, primero colectivamente y después aisladamente, dijeron que estaban a las órdenes del Gobierno de la República. Se les dijo que debían salir de Gibraltar; ellos contestaron que no obedecerían más que las órdenes de su Gobierno, y que éste les ordenaba reintegrarse al barco y permanecer al cuidado y servicio del mismo. Pero los marinos españoles fueron coactivamente  forzados a embarcar en un buque de guerra británico, en el cual fueron tratados por sus colegas ingleses de la manera más amistosa y más cariñosa, y conducidos a Almería. Éste es el episodio del «José Luís Díez» en el cual hay mucho de heroísmo y también hay muchas otras cosas que yo no puedo calificar.
 
Cuando se hace una guerra, Sres. Diputados, se busca llegar a la paz; se busca llegar a la paz, siempre, pero sobre todo, cuando la guerra no se ha querido, cuando la guerra ha sido impuesta. Y la paz nunca se logra exclusivamente en el terreno militar, sino que se logra cultivando un factor psicológico entre los combatientes de la parte adversaria y cultivando también, o difundiendo en el orden internacional, el problema de la cuestión que se defiende. Éste ha sido el afán, desde el primer momento, del Gobierno español: el hacer ver al mundo qué es lo que aquí se disputaba, el hacer ver a nuestros conciudadanos del otro lado, amigos o enemigos, cuáles eran nuestros propósitos. Porque, no nos hagamos ilusiones, señores Diputados: nosotros, los españoles, no luchamos, no estamos metidos en una guerra civil por una cuestión de ideas, por un problema ideológico o político; no, nosotros estamos luchando por la independencia de nuestro país, que sabemos que, de no triunfar nosotros, será avasallado y explotado por extranjeros. Pero los términos reales del problema son de una categoría superior, por muy superior que sea para nosotros en los términos en que como españoles está planteado. Lo que actualmente se disputa en el mundo es la hegemonía de un imperialismo totalitario, brutal, despótico y desconsiderado, de un lado, y la pervivencia de unos países y de unas grandes potencias democráticas con un sentido de comprensión y de convivencia. Es la disputa entre dos civilizaciones: los veinte y pico siglos de civilización cristiana y helénica y una nueva aparición que ha habido en la Historia, que se asemeja mucho a ciertos reflujos de barbarie, que también ha conocido la Historia del mundo. Y hoy, en la lucha que nosotros sostenemos en España, estamos defendiendo, no solamente los intereses de España sino los de otros países, que no sólo no nos ayudan y no nos han ayudado como debieran, sino que han constituido en nuestra lucha uno de los principales estorbos.  Era  misión  del Gobierno  español, tratar  de mostrar a estos  países neutrales y amigos, no sólo dónde estaban sus intereses, sino lo equivocados que se hallaban al dejarse arrastrar por las maniobras de nuestros enemigos, que tendían a hacerles creer que aquí simplemente se trataba de si la tendencia o el régimen de España se había de dar, había de ser éste o el otro. Mucho se ha logrado en este sentido, bastante se ha logrado; en la práctica, por desgracia, hasta ahora muy poco. Nosotros quisimos demostrar que en la lucha por nuestra independencia, como tales españoles, nos bastábamos solos, y que no cabía la argucia de sostener que  si había un auxilio extranjero, por parte de nuestros adversarios, también aquí había una colaboración y un auxilio de elementos extranjeros. El Gobierno español fue a Ginebra y dijo: Puesto que no se llega a una solución definitiva del problema de la retirada de los llamados voluntarios, nosotros que hemos aceptado ese plan, puesto que continuamente se van buscando plazos y se van prolongando las cosas sin llegar a una solución definitiva, nosotros ofrecemos y nosotros retiraremos a los voluntarios extranjeros, y pedimos, además, un control y una inspección de la Sociedad de Naciones. Todos conocéis el «rapport» de la Comisión internacional que vino a España, todos sabéis con cuánta lealtad, corrección y honradez procedió el Gobierno español.
 
 
Reconocido esto, reconocido por otra parte (ya nadie lo niega, el primer Ministro británico lo acaba de decir en la Cámara inglesa) que aquí en España no se trata de una lucha civil, sino que se ventila una lucha contra países o contra potencias que han intervenido en España, lo lógico y lo natural, era que se nos reconocieran nuestros plenos derechos y que pudiéramos adquirir los medios que necesitamos para defendernos. Pero nosotros tenemos derecho a más; tenemos derecho, conforme a pactos que nosotros hemos firmado y que a todos obligan, a una ayuda eficaz y positiva, económica y financiera, material, con soldados, si ello era preciso. De eso nada se ha hecho, y no se ha hecho nada, por salvar la paz en Europa.
 
¿Por cuántos días se va a salvar de esa manera la paz de Europa? Por salvar la paz de Europa se dejó devorar a Austria. Por salvar la paz de Europa se ha dejado descuartizar a Checoslovaquia. ¡Cuántas cosas no se han hecho por salvar la paz de Europa! ¡Ah!, pero si el imperialismo totalitario sigue por ese camino, ¿es que con los sacrificios hechos por los países democráticos, cuando se trate de agresiones a ellos mismos, cuando se trate de agresiones a sus propios intereses, van a estar esos países democráticos, después de consentidos tales sacrificios, en mejores condiciones para poder defender su causa particular? ¿Es que si llegara (por ventura no llegará) el momento de que España fuera una sacrificada más, por salvar la paz de Europa ante el mundo (las demandas que el pueblo italiano hacía acogiendo el discurso del Duce nadie ignora que son la pretensión y las aspiraciones de los dirigentes de la política italiana),  se encontraría las grandes potencias en mejores condiciones de resistir las demandas de Italia?¿Es que es un elemento despreciable una nueva frontera con dos millones de soldados que se han batido en la guerra, quizá con un objetivo común de odio que pudiera ese resultado de la guerra forjar? ¿Es que es ésa una mejor situación para defender la propia causa? No creo yo que pueda llegar la ceguera a tanto, en espíritus tan esclarecidos, tan abiertos y de una penetración tan grande como los de los dirigentes franceses e ingleses y de otras figuras que dirigen los intereses de las potencias más importantes del mundo; no creo que pueda llegar la ceguera a tanto como para creer que con la estrangulación de España bastaría para saciar un apetito que cada vez, a medida que más se trata de aplacar, es más devorador.
 
Toda  nuestra  conducta ha  sido la de probar,  la de tratar de hacer ver cuál era el verdadero significado internacional de nuestra causa. Es aquí,  en las estribaciones  del Pirineo, donde ahora  se está marcando y se marcará definitivamente cuál ha de ser la orientación que siga el mundo y si habrá unos dominadores absolutos del mundo, o el dominio del mundo se ha de compartir entre todas las potencias.
 
En todos los órdenes hemos dado nosotros pruebas de nuestra civilidad, sentido comprensivo y democrático. Perdón a aquéllos que por delitos políticos podían haber sido condenados a la última pena, o habían sido condenados a la última pena, pidiendo una contrapartida primero, y aplazando indefinidamente la resolución ante la negativa de nuestros adversarios, después. Todo esto han sido evidentes posiciones ganadas por el Gobierno español y por la causa de España, y todo era a su vez motivos para forzar, lo más rápidamente posible, una solución en el orden militar y guerrero.
 
Grave error ha sido el de Alemania e Italia al creer que lo que pudieran ser sus intereses legítimos, podían haber encontrado una valla o un obstáculo en el régimen que pudiera tener libremente España. España no pide más que gobernarse a sí misma; España no quiere crear dificultades o conflictos a la solución de ningún problema internacional y así lo ha hecho saber en la forma en que se deben hacer saber estas cosas en los momentos oportunos.
 
Los  señores  Mussolini  y Hitler, a  quienes yo no  puedo negar una gran audacia, no puedo negar una gran continuidad de pensamiento, no puedo negar que son hombres de Estado que saben lo que quieren, porque aunque sean enemigos nuestros y no puedan contar con nuestra estimación,  desde luego no son de esos sujetos por los cuales se pueda sentir desprecio, han errado al colocar su causa al lado de nuestros adversarios y al situar sus intereses al lado de los intereses facciosos, porque con ellos no está el pueblo español, y aunque ellos triunfarán la guerra  seguiría de manera permanente, de  manera continua y no podrían sacar el fruto que esperan de su victoria.
 
 
Desde hace más de un año, desde el comienzo, viene el Gobierno reclamando una intervención que eliminase al invasor extranjero, seguros de que entre españoles la inteligencia sería rápida, sería básica, y esto es tanto más seguro después de haber pasado dos años de dura guerra y de terribles pruebas. Además, en las ocasiones en que yo he hablado en nombre del Gobierno, en los puntos señalados como fines de guerra del Gobierno, en todos ellos se resumen cuáles son las posibilidades, cuáles son las necesidades que nos pueden llevar a una tranquilización, a una pacificación de España. Todo ello puede resumirse, puede condensarse en tres tipos, en tres clases de garantías.
 
 
Primera garantía: la garantía de la independencia de nuestro país y de la libertad contra toda clase de influencias extranjeras. ¿Hay españoles que no acepten este principio? ¿Hay extranjeros que no reconozcan que es principio legítimo?
 
Segunda garantía: la garantía de que sea el pueblo español mismo el que señale cuál ha de ser su régimen y cuál ha de ser su destino. ¿No es esto legítimo? ¿No es esto fundamental? ¿No merece la pena luchar hasta el fin por este principio?
 
Tercera garantía: la de que, liquidada la guerra, habrá de cesar toda persecución y toda represalia, y esto en nombre de una labor patriótica de reconciliación, base necesaria para la reconstrucción de nuestro país devastado.  ¿Es que habrán de seguir los españoles divididos en sectores enemigos, hostigándose continuamente, triunfara quien triunfara? ¿Es que puede así recuperarse y regenerarse España?
 
El que España siga dividida en sectores enemigos no puede interesar más que a aquéllos que quieran explotarla y someterla a un permanente servilismo. Esto es lo esencial, lo indispensable, lo que todo español puede y debe suscribir, esté situado donde esté, para llegar al fin de esta terrible, cruenta y fratricida guerra. Quien busque lo contrario, no es patriota ni es español. Si el problema que ahora se está debatiendo en España no fuera más que una cuestión de régimen, no merecería seguir adelante en la guerra; pero es algo más. El problema es el de ver si ha de seguir subsistiendo España como tal país, o no. Nuestro país, sometido a un influjo y a una dominación extranjera de países que emplean los sistemas que preconizan y practican alemanes e italianos, caería, al cabo de algún tiempo, quizá antes de una generación, y a pesar de la formidable personalidad potencial de España, en una desarticulación completa y borraría quince siglos de Historia de un solo trazo, no quedando de España más que el nombre en los papeles y en los libros.
 
A mí me horripila pensar lo que significaría el triunfo de alemanes e italianos en nuestro país, explotando nuestro suelo y nuestro territorio, aquí donde no necesitan el empleo de grandes capitales para sacar directamente el jugo de su trabajo, encontrando ya terreno donde situar a esos millones de italianos que en sus tierras les sobran y que en Abisinia no pueden emplear por falta de capitales, convirtiendo así este país nuestro en una nueva colonia. Y me horripila pensar lo que sucedería en España donde siglos de incultura no han permitido que arraigue un profundo sentido nacional que, felizmente, ha hecho resucitar la guerra; lo que sucedería al cabo de una o dos generaciones de dominio de este dominio maquiavélico y cruel a la vez, que haría que los siglos que nos han soldado  no sirvieran de nada y que todo esto que tiene una raigambre común, se desvaneciera. Somos muy varios los españoles para no temer que, ante una dominación semejante, nuestra personalidad no pudiera con el tiempo desvanecerse para recobrar luego un puesto en la Historia. Puede costar muchos siglos, muchas generaciones, y para eso tenemos que luchar hasta el último aliento. Lucharemos aquí en Cataluña y conservaremos Cataluña, lo que nos reste de Cataluña, y si perdiéramos el territorio de Cataluña, ahí nos queda esa Zona Centro-Sur donde tenemos centenares de miles de luchadores deseosos de seguir adelante mientras se luche por estas causas fundamentales que merecen el sacrificio de la vida e incluso el que una nación desaparezca por ellas, deseosos  de luchar  hasta esos extremos  y seguros de que, luchando  por esa causa, habremos de llegar a buen fin; porque, en último término, los pueblos no viven solamente de las victorias, sino que viven también del ejemplo que hayan sabido dar a las generaciones en momentos de adversidad y en momentos de desgracia, y el ejemplo que de la Historia se recoge es fecundo para la vida de un pueblo y es también, a veces, indispensable para que vuelva a resucitar lo aparentemente muerto.
Por  estas  cosas esenciales,  fundamentales para España,  como para todo país, por su  independencia, por la liberación  del pueblo español, porque sea él mismo el que señale y fije su rumbo y su destino, y, en último término, por que esta lucha fratricida no deje huellas de rencor  renovadas por persecuciones y por represalias, por esto es por lo que el pueblo español lucha y por lo que este pueblo magnífico triunfará. (aplausos).