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Discurso de Negrín en el Council of Foreign Relations (Nueva York)

 

Discurso en el Council of Foreign Relations (Nueva York)

 

8 de mayo de 1939, Juan Negrín
Estoy muy contento de encontrarme en el Council of Foreign Relations con todos ustedes. Aunque lo cierto es que ya les había conocido mucho antes. Les conocía por su trabajo.
Durante años, el propietario de un quiosco de prensa y revistas en la esquina de la calle de Alcalá con la calle de Caballero de Gracia de Madrid tenía el encargo de reservarme una de las pocas copias de Foreign Affairs que llegaban cada cuatrimes- tre a sus manos. Era muy gruesa pero yo siempre la leía de cabo a rabo y sacaba provecho y placer con su lectura. Por tanto, de alguna manera me siento hoy en casa. Y no sólo quisiera darles las gracias por esta oportunidad de hablar ante ustedes sino que también agradezco poder hacerlo con franqueza. Además, puesto que ésta es una reunión privada, siento que puedo dejar de lado muchas de las reservas que se imponen a hombres como yo en circunstancias parecidas a las actuales.
Nosotros, y por «nosotros» quiero decir los republicanos de España, acabamos justamente de finalizar una guerra de treinta y tres meses de duración. Hemos perdido esa guerra, provisionalmente.
En esa guerra yo he tenido un papel desde el principio hasta el final. Y durante esos largos meses de guerra he aprendido algunas pocas cosas. Si mis amigos en este país o cualquiera de sus expertos tuvieran la amabilidad de escuchar mis conclusiones y mis impresiones, con mucho gusto las pondría a su disposición. Esta tarde me limitaré a ofrecerles una panorámica general, hasta el turno de preguntas.
Permítanme en esta ocasión recordarles a ustedes algunos de los hechos recientes de la historia española a fin de retomar la perspectiva, situarme en relación a esos hechos y venir hasta el presente.
En abril de 1931, como todos Ustedes saben, hubo elecciones municipales. Tenían lugar después de la dictadura de Primo de Rivera y de la «dictablanda» del general Berenguer. El resultado de las mismas mostró cuán grande era el divorcio entre la Monarquía y el Pueblo. El rey abandonó el país. Y la República fue proclamada sin violencia y sin derramamiento de sangre.
La República, por tanto, se instauró de modo pacífico. Sus primeros pasos fueron muy moderados. Pero, sin embargo, aquellos elementos de la sociedad española que se sintieron amenazados en sus intereses se agruparon y, en varias ocasiones, intentaron derribar al régimen. Sólo ocasionalmente hubo entonces disturbios populares y actos de violencia contra aquellos que se habían declarado enemigos de la República. El gobierno terminó con esos incidentes con energía y rapidez.
Desde 1931 hasta 1936 estuvieron en el poder varios gobiernos, unos liberales, otros conservadores. Hubo dos legislaturas parlamentarias entre esos años. La primera fue ligeramente inclinada a la izquierda, pero sin un solo comunista en el Parlamento. La otra fue marcadamente derechista en su color y contó con un solo diputado comunista de un total de cuatrocientos sesenta y siete.
En febrero de 1936 hubo elecciones generales convocadas y celebradas bajo un gobierno derechista. Permítanme recordarles a ustedes, como solemos decir nosotros, que el gobierno que «hace» elecciones en España normalmente obtiene la victoria. Pero estas elecciones dieron como resultado una victoria de los republicanos.
En el nuevo Parlamento había una mayoría de centroizquierda. Desde ese mismo momento, justo al día siguiente de conocerse los resultados, comenzó una plaga de actos de violencia, sabotajes y persecuciones. Y los autores de la mayoría de estos actos militaban y estaban pagados por los elementos reaccionarios y profascistas de la derecha españolaPor parte del gobierno, hubo debilidad. Era la debilidad derivada del exceso de tolerancia. Y como efecto hubo represalias. Represalias censurables. Sus autores eran extremistas de los márgenes de la izquierda. Y luego llegó el asesinato de Calvo Sotelo, el líder de la derecha monárquica y fascista.
Su asesinato fue un crimen. Pero no puede ser considerado al margen de la cadena de actos terroristas que le precedió. Como es natural, ha habido intentos de utilizar ese asesinato como pretexto y justificación de la rebelión militar de julio. Pero todo el mundo debe saber a estas alturas que esa rebelión había sido preparada con muchos meses de anticipación. Y que su propósito era recuperar por la violencia lo que se había perdido y someter el país a un sistema más o menos totalitario. Los propios generales rebeldes han dejado testimonio de todo esto en innumerables libros que estarán disponibles aquí.
Hasta el 18 de julio de 1936, la República española se había embarcado de modo muy gradual (de modo letárgico, si ustedes quieren) en una camino de reformas económicas moderadas. No suscribía principios revolucionarios ni tenía ambiciones revolucionarias. Hizo algunas concesiones pequeñas a los empobrecidos campesinos sin tierra. Lo hizo para evitar las explosiones violentas de protestas de masas. Si no hubiera sido por esas concesiones, habría habido seguramente revoluciones. Cuando hay un campesinado crónicamente hambriento, cuando hay estancamiento en la economía de una nación, y cuando existe una represión política brutal en las provincias que contraviene los ideales liberales de la capital, entonces uno se encuentra ante una situación potencialmente revolucionaria. Los propietarios agrarios españoles tenían una concepción de la propiedad que era fácticamente romana en su rigidez. Temían que las más moderadas reformas fueran sólo el preludio de más grandes cambios. Muchos otros países han experimentado estos mismos fenómenos.
La falta de comprensión por parte de aquéllos que se posicionaban tan firmemente contra el progreso era muy grande. Tan grande que pudieron llegar a interpretar como debilidad lo que sólo era el deseo del gobierno de la República de colocar a España al nivel exigido por los tiempos, de llevarla al nivel social y político de otros países occidentales. Teníamos la esperanza (así de osados éramos entre 1931 y 1936) de que España, por tanto tiempo rezagada, podría incluso llegar a disfrutar de algunos de los beneficios del siglo XIX. Caballeros, incluso llegamos a esperar de modo timorato que podríamos impulsar algo similar al capitalismo moderno en España. Excuso decirles que no teníamos tal cosa ni nada parecido por entonces.
Permítanme que dirija mi atención a la jerarquía católica. No necesito decirles que se alineó con los generales que rompieron sus juramentos, con los que se levantaron violentamente contra la ley y el orden, con la ayuda de moros infieles, nazis paganos y fascistas italianos. Sé bien que no les sorprende a ustedes escuchar algunas de estas cosas que han sido dichas por la misma clase de gente en su propio país. El resultado, por supuesto, fue un terrible estallido de ira contra la Iglesia. La Iglesia española pagará muy caro por su política durante la guerra. El catolicismo español podría haberse salvado de las consecuencias de su alianza con la reacción interna y el fascismo exterior. Una victoria de la España leal podría haberlo salvado.
Quisiera recordarles que la República española nunca llevó inscrita en su bandera la hostilidad contra la religión. Los individuos podían pensar lo que gustaran y practicar el credo que quisieran. La hostilidad a Dios o a la religión o incluso a la Iglesia nunca formó parte de nuestro programa. Teníamos el apoyo de partidos católicos como los del País Vasco. Teníamos capellanes en nuestro ejército. La religión nunca sufrió ataques ni en nuestra prensa ni por parte de nuestros oficiales. El movimiento republicano español no era ateo.
La República aspiraba a hacer sólo lo que el gobierno norteamericano hizo cuando asumió el control de las Filipinas: separar la Iglesia Católica del Estado y situarla en un nivel de plena igualdad con otras confesiones. Y esto, caballeros, fue calificado como «antirreligioso». Después de la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, nosotros intentamos proceder con más rapidez que con anterioridad, tratando de curar las fuentes de la infección en nuestro cuerpo político. Y digo «nosotros» con cierta inexactitud porque entonces en el gobierno de aquella primavera no había socialistas. Tratamos de llegar a las fuentes de la infección. No creíamos en la necesidad de operaciones quirúrgicas en la sociedad. Intentamos llevar adelante la reforma agraria. Intentamos separar a la Iglesia de la política. En otras palabras: intentamos resolver los graves problemas que la Monarquía española había sido incapaz de solucionar y que los conservadores españoles en el poder durante un bienio (con un tal general Francisco Franco como Jefe de Estado Mayor) ni siquiera intentaron solucionar. Estábamos consiguiendo abrir camino. De hecho, fue porque estábamos abriendo camino por lo que los reaccionarios se sublevaron contra nosotros.
He procurado delinear de este modo sumario lo que podríamos llamar la dimensión interior del problema. Pero había otras dimensiones de mayor importancia incluso.
Los generales no se habrían atrevido a sublevarse si no hubieran contado con las promesas de apoyo de Alemania y de Italia. En las publicaciones a las que me he referido, todo esto ha sido probado. Me sorprende ver que los apologetas del general Franco en este país puedan ignorar lo que los propios generales han declarado. Sin embargo, caballeros, no crean que nosotros estábamos en la inopia. Nosotros sabíamos lo que se estaba preparando y quién lo estaba preparando. Hubiéramo incluso podido hacer fusilar a varios generales en 1936 con justicia. No se fusiló a ninguno. Hasta el último momento estuvimos convencidos de que tendrían dudas antes de empujar al país hacia un abismo de sangre y ruina.
La intervención de Italia y Alemania comenzó mucho antes de la propia rebelión. Su técnica fue muy interesante. Consistió en fomentar la disensión entre españoles, en promover a varios grupos hacia posiciones extremistas que sobrepasan largamente las realidades de la situación política.
En esta línea de trabajo, que podríamos llamar sistema de acción política, lo países totalitarios han alcanzado un alto grado de perfección. Han hecho muchos progresos desde 1936, como permite ver lo que están haciendo en otros países cualquiera que no anticipe una extensión de esta técnica a países que hoy son aparentemente pacíficos tiene que estar ciego de veras.
De esta manera hubo una conjunción de fuerzas, del interior y del exterior. Y lo que podría haber sido una mera sublevación —otra tentativa de golpe de Estado por un pequeño sector pronazi y profascista de mi país— se convirtió en una guerra de más de dos años y medio. Pudo parecer a algunos al principio una guerra civil. Pero ahora no hay excusa para dejar de ver su verdadera naturaleza. 
España era un campo de batalla. Sobre España se ha librado una batalla que, para mí, fue el comienzo de una lucha entre dos fuerzas: por un lado, un imperialismo totalitario que es absorbente, intolerante y destructivo y, por otro, un imperialismo de origen liberal que sin embargo no es incompatible con la democracia, con la autodeterminación de las naciones y con la existencia libre de pequeños Estados. Permítanme que les diga algo sobre la conducción de la guerra. Nuestro gobierno envió cientos de miles de hombres a la batalla donde podrían haber muerto o quedar gravemente heridos. Pero siempre estuvimos guiados por el respeto a la vida y el amor a la humanidad. La guerra no nos brutalizó. Al menos así lo esperamos. Por el contrario, sufrimos un millón de torturas cuando contemplábamos la creciente lista de bajas y cuando veíamos la indefensión de nuestros civiles, nuestras mujeres y nuestros niños ante los ataques aéreos, porque no teníamos suficiente artillería antiaérea para protegerlos. No matábamos gratuitamente. Y si errábamos, a veces pienso que fue a favor de la clemencia. No queríamos la guerra. Nos forzaron a librar la guerra. Fuimos atacados. Y, caballeros, como creo que saben, resistimos.
Fuimos objeto de un ataque y resistimos. No me gustan las palabras altisonantes. Pero estoy orgulloso de que mi pueblo se resistiera a asumir cobardemente la servidumbre de tiranos españoles y el dictado de invasores extranjeros. Mi pueblo siempre ha valorado la libertad y la independencia. Esta actitud determinará la política española en los tiempos venideros.
Durante la guerra, siempre tratamos de no perder de vista nuestros fines. No queríamos que, al librar la guerra, se destruyesen las cosas por las que estábamos luchando. Los métodos y las instituciones democráticas a veces nos dificultaban la conducción de la guerra, pero las mantuvimos intactas a pesar de todo. También fue nuestra suprema voluntad la de observar las virtudes eternas que tanto se han relegado en esta fea era de totalitarismo: las virtudes de la honestidad, la decencia, la bondad y la equidad hacia nuestros adversarios. Siempre tuvimos en cuenta que el antifascista podría convertirse en un fascista parcial mientras disparaba su rifle contra los fascistas. Nos precavimos contra esto no sólo en la política sino también en la ética.
La guerra civil es un clímax de odio. Las crueldades que contemplaron sus inicios agravaron ese odio. La presencia de moros, italianos y alemanes, invitados por nuestros adversarios españoles, elevaron el odio hasta el punto de ebullición. Tratamos de moderarlo. Un prominente oficial de la Cruz Roja americana que visitó Barcelona hace unos cuantos meses pudo ver en las casas de nuestros niños los carteles de Popeye el marino y otros héroes juveniles de la época moderna pero no vio propaganda.
Me preguntó la razón y le contesté: «No queremos enseñar a nuestra generación más joven a odiar».
Eso sucedía en tiempos de guerra, cuando el odio supuestamente estimula las pasiones animales e impulsa mayor belicosidad. Esta perspectiva conformó nuestra política. Muy pronto detuvimos en nuestra zona el fusilamiento de prisioneros y lo que creo que ustedes llaman «bumpings off» (paseos), incluso aunque esas cosas siguieran sucediendo en la otra zona. Nos refrenamos en las represalias por los bombardeos aéreos y en vano apelamos a Franco para evitar los ataques a la población civil. Utilizamos los buenos oficios de nuestros amigos británicos en un esfuerzo para canjear los prisioneros condenados a penas de muerte y mientras tanto suspendimos las ejecuciones de sentencias. Los rebeldes rechazaron nuestras propuestas.
Ahora permítanme que hable de la Iglesia en la guerra. La Iglesia fue beligerante. Sus máximos prelados se fotografiaron en los primeros días con su brazo en alto haciendo el saludo fascista. Y por sus actos y por sus declaraciones mostraron su odio hacia el gobierno legal y hacia el régimen republicano. Me alegra decir que hubo excepciones. En los primeros días de la rebelión muchas iglesias se convirtieron en verdaderas fortalezas. Esto no justifica ni explica los excesos de las masas, furiosas como estaban. Pero como resultado de ello y de inteligentes interferencias a cargo de agentes provocadores, hubo sucesos de lo más lamentables. Pero, ¿qué cabe esperar si las mismas fuerzas de la ley y el orden se sublevan y abandonan al gobierno?
Todos los gobiernos desde julio de 1936 lucharon para detener esos excesos. Y mi gobierno desde mayo de 1937 no vaciló en emplear las medidas más terriblemente severas para eliminarlos. Así fuimos capaces de restablecer el respeto a los derechos religiosos de los ciudadanos.
La prueba reside en el hecho de que partidos católicos como el vasco nos dieron su apoyo. Además, introdujimos capellanes en los ejércitos del frente.
Tratamos de hacer las paces con el Vaticano. Enviamos un emisario a Roma. Nos rechazaron. Durante el curso de la guerra, fue a pesar de todo mi propósito que se reabrieran las iglesias que habían sido cerradas durante los primeros brotes de violencia anticlerical espontánea. Y a medida que extendíamos nuestro ámbito de poder efectivo devolvíamos al clero y a la Iglesia la libertad personal y la posibilidad de celebrar ritos religiosos que el caos de los primeros seis meses les había arrebatado.
Establecimos una Comisión para el Culto para restablecer las garantías de libertad religiosa. Esta comisión trabajó en estrecho contacto con monseñor Rial, un representante oficial del Vaticano. Consiguió resultados. Y tan prometedores fueron estos resultados que puedo afirmar que una victoria republicana habría garantizado a la Iglesia Católica un tipo de independencia que nunca hubiera disfrutado en España.
Me tomaré la libertad de recordarles a ustedes ciertos hechos simples a propósito de España. España es un viejo país. Sus problemas son viejos problemas que estaban ahí mucho antes de que el mundo entrara en esta fase enloquecida en que todo se ve bajo el prisma de Fascismo y Comunismo.
No puedo sino sonreír cuando en el extranjero escucho que se nos reprocha por tener tantos marxistas y anarcosindicalistas. Caballeros: no fue la República española la que inventó el marxismo español y el anarcosindicalismo español. Heredamos ambas cosas de la Monarquía borbónica junto con las intolerables condiciones que las generaron. La Monarquía nos legó sólo enfermedades en nuestro cuerpo político. Las fortalezas y las virtudes eran las propias del pueblo que, como ustedes saben, era un pueblo sufriente desde hacía mucho tiempo.
No tengo que decirles que en España no hemos tenido nunca ninguna forma de revolución social. Nuestro pueblo aguanta mucho. A excepción de tres o cuatro estallidos salvajes contra los abusos del clericalismo (uno de ellos tan temprano como 1824, cuando Moscú, les recuerdo, era parte de la Santa Alianza), nunca fue capaz de devolver los golpes. Sin embargo, suscribía doctrinas políticas que variaban en su concepción pesimista u optimista de la vida.
Este virulento hervidero proletario es lo que la República decidió afrontar. Quizá fuimos demasiado lentos, quizá demasiado liberales y legalistas. Quizá infravaloramos la fuerza de nuestros enemigos opuestos a todo cambio. En noviembre de 1934, el más conservador de los republicanos españoles, D. Miguel Maura, el hijo del gran primer ministro conservador, D. Antonio Maura, advirtió a la derecha clerical que estaba cortejando el suicidio si continuaba provocando a las masas como había hecho en octubre de aquel año. El señor Maura declaró: «El Director General de Seguridad da las siguientes cifras para la UGT (el sindicato de inspiración socialista) y para la CNT (el anarcosindicalista): 1.500.000 para el primero y 1.000.000 para el segundo. Estas cifras suman más que todos los partidos y organizaciones de la derecha combinados. Tengan cuidado de no forzarlos hacia la desesperación».
La dinámica política de la República en guerra fue la suma total del toma y daca entre los numerosos y variados partidos políticos. La existencia de más de un partido nos preservaba contra la dictadura del partido único. Eso y nuestro celo en la defensa de los derechos humanos y civiles incluso durante la tensión y caos de tiempos de guerra, fueron una garantía para nuestra democracia. Yo siempre pensé que el precio a pagar por una victoria militar habría sido excesivo si hubiera incluido en el pago el legado de la Revolución Francesa.
La guerra no forzó la situación a favor de la creación de un sistema de partido único ni a favor de ningún partido concreto. Muy al contrario. Los anarquistas, cuya aversión tradicional hacia los partidos burgueses y marxistas no fue amortiguada por la guerra, siguieron teniendo muchos seguidores. Los socialistas, tras un momento de dudas, rechazaron la propuesta comunista de fusionar ambos partidos. Los partidos burgueses y pequeño burgueses, algo eclipsados durante el primer año de guerra, recuperaron su antigua fortaleza en la fase última. En aquellos distritos donde cualquiera de los partidos trató de conseguir una posición dominante, la reacción popular hostil frustró al final todas las tentativas. Estoy convencido de que la democracia española no estaba en peligro durante la guerra y habría florecido si hubiéramos ganado la guerra. Ninguna influencia del exterior podría haber afectado esta situación. En mi opinión, las democracias que fomentaron la «no intervención» (y que, de hecho, al hacerlo, intervinieron contra nosotros) se dejaron influenciar por consideraciones ideológicas y de clase mucho más de lo que lo hicieron Alemania, Italia y la Unión Soviética. Hitler y Mussolini utilizaron en España el fascismo como un arma y el «bolchevismo» como un espectro para asustadizos. Pero su propósito real era adquirir nuevas posiciones estratégicas desde las cuales pudieran debilitar y cercar a los imperios británico y francés, además de asegurarse nuevos e importantes suministros de materias primas útiles para la guerra o para conseguir victorias incruentas mediante el chantaje. La altisonante guerra ideológica entre el fascismo y el comunismo que proclamaban era la cortina de humo tras la que se escondían los más crudos designios imperialistas.
Permítanme que les de algunos detalles sobre la colaboración proletaria. Antes de la rebelión de Franco, como ya he dicho, no había representantes en el gobierno republicano ni del partido socialista, ni del partido comunista ni de los sindicatos. Sin embargo, el gabinete era motejado como «rojo» por parte de algunos elementos. No les sorprenderá a ustedes dado que en este país ocasionalmente se escucha llamar a los liberales con el mismo término.
La rebelión fascista forzó a la República a aceptar la ayuda de todo el mundo. Pero no fue hasta septiembre (de 1936) cuando entraron en el gabinete representantes socialistas, comunistas y sindicalistas.
Esos mismos elementos colaboraron conmigo en mis gobiernos. Pero lo hicieron sobre la base de mi Programa de Trece Puntos que era básicamente un programa moderado. Tal cosa es posible en países donde una guerra de independencia obliga a todos los partidos, de un extremo a otro, a hacer sacrificios en el nombre del superior interés de la patria. Perdimos la guerra, caballeros, debido a nuestra superior interés de la patria. Perdimos la guerra, caballeros, debido a nuestra terrible inferioridad en material bélico. Fuimos incapaces de obtener suficiente material debido al Acuerdo de No Intervención. Nuestros adversarios eran capaces de recibir todo lo que querían en forma de material alemán e italiano. Pero nuestro gobierno, el gobierno legítimo y reconocido por las democracias, se vio obligado a coger lo que pudiera y clandestinamente, como si fuera un criminal.
¿En Rusia? Sí, por supuesto, pero también en Alemania y en Italia. Con mucho, la mayor parte de los explosivos de origen exterior utilizados por nosotros procedía de Alemania. Compramos más material de este modo en Alemania e Italia que en Inglaterra y América combinadas. Ahora permítanme que les recuerde algunos hechos que están ya registrados y archivados.
El primero: los primeros envíos de material italiano y alemán llegaron a manos de Franco en julio de 1936, diez días después del inicio de la guerra. El primer envío de material ruso llegó a nuestras manos avanzado el mes de octubre de ese mismo año. Como saben, el Acuerdo de No Intervención nos privó de nuestro derecho a comprar armas para nuestra defensa. Rusia nos devolvió ese derecho.
Ha habido una campaña (percibo pruebas en todos los sitios) para presentar el episodio ruso en España como algo amenazante. Creo que la razón de ello es evidente para todos ustedes. Pero ¿por cuánto tiempo las potencias mundiales amantes de la paz rechazarán formar un frente de la paz contra la agresión?
Nosotros adquirimos material ruso que era indispensable. También conseguimos material de otros países. Pero nunca logramos siquiera la paridad en material con los rebeldes.
Estamos muy agradecidos por haber recibido pilotos rusos, y ello meses después de que pilotos alemanes e italianos hubieran estado devastando España. En un año… los pilotos rusos se habían retirado. En ese tiempo habíamos entrenado a nuestros propios pilotos.
En la primavera de 1937 solicitamos que todos los extranjeros fueran retirados de ambos bandos. Recordarán que ni Hitler ni Mussolini retiraron los suyos. En septiembre de 1938 propuse a la Sociedad de Naciones la retirada de las Brigadas Internacionales de las filas republicanas. El 16 de enero del actual la comisión de la Sociedad de Naciones había completado esta retirada. Según su informe, había 12.493 extranjeros procedentes de 29 países. Ninguno era ruso.
Hay mucha curiosidad en estos días por el papel de Moscú en España.
En mi opinión, Moscú trató de hacer en España lo que Francia e Inglaterra hubieran debido hacer por sí mismas. La premisa de la ayuda soviética a la República Española se sustentaba en la idea de que París y Londres reconocerían finalmente los riesgos implícitos para sus intereses de una victoria italo-germana en España y se sumarían a la URSS en su apoyo a nuestra causa. Múnich, con su innecesaria rendición incondicional a las potencias totalitarias, probablemente destruyó esa esperanza sin remisión. Moscú, por sí solo, nunca hubiera podido salvarnos. Francia e Inglaterra nunca actuaron como dictaban sus intereses imperiales. Puede que algún día tengan un rudo despertar y busquen al mismo pueblo al que ayudaron a destruir mediante la No Intervención.
Por supuesto que compramos en Rusia lo que hubiéramos comprado en Estados Unidos, Francia e Inglaterra si las democracias hubieran respetado el derecho internacional y hubieran protegido sus intereses nacionales. ¿Habrían podido pedirnos ustedes que renunciáramos a las armas rusas cuando éramos incapaces de obtenerlas en ningún otro lugar?
La pretensión de Mussolini de reconstruir el Imperio Romano, la recurrencia de la rivalidad anglo-germana previa a 1914 y la existencia del Eje italo-germano, todo ello incrementa la importancia estratégica de España. Ha sido temporalmente perdida para el mundo democrático. Si hubiera una guerra mundial, los países democráticos que no quisieron ayudarnos a conservar nuestro territorio tendrán que ayudarnos para reconquistarlo. Pero incluso en el actual período crispado de expectación, el dominio fascista de España está siendo un tremendo activo diplomático y económico para los enemigos de la democracia. España ha ayudado a cambiar el equilibrio europeo en contra de Francia y Gran Bretaña. Lo que significa que las responsabilidades y los compromisos de América son mayores.
Los Estados Unidos también afrontan la situación española en América Latina. España es la madre cultural de la América española. Alemania e Italia devaluarán esta relación tradicional al utilizarla a favor de sus planes imperialistas. El triángulo de la AntiKomintern dirige sus ataques ante todo contra las democracias occidentales. España será un arma en su lucha por la hegemonía mundial.
Para concluir, quisiera dar las gracias a los amigos de este país que simpatizaron con nosotros y que nos ayudaron en nuestra lucha. No guardamos resquemor hacia aquellos que obraron de otro modo porque no percibieron la verdadera importancia que tenía el asunto. Como antiguo profesor, sé bien que el proceso de aprendizaje superior es lento.